PERSONAJE DE LA CIUDAD

Sueños de libertad

21/01/2019

El balde, el escurridor, un jean gastado y una remera de rock. Cuatro elementos infaltables en la composición del personaje Alejandro Talou. Es de esos vecinos que todo el mundo conoce, ¿Quién no lo ha visto en estos últimos 20 años limpiando vidrieras y trabajando en los frentes de los negocios céntricos?. Ale es un pibe diferente a la media. No persigue riquezas. Ni tiene grandes ambiciones. Sólo sueña con ver feliz a su hija y seguir siendo libre.

por
Mauro Carlucho

Salgo a caminar por las calles del empedrado céntrico en busca de esos tandilenses que vemos todos los días y, muchas veces, nos pasan desapercibidos. Afortunadamente seguimos teniendo ese costado de pueblo. De todo cerca y al paso. Hago menos de una cuadra y me encuentro a un reconocido comerciante de la calle 9 de julio, el tipo hace más de 50 años que levanta las persianas de una histórica tienda. Dos cuadras más allá, en la esquina de San Martín y 9 de Julio, veo la pelada del querido Jorge Montejo tomándose un café en solitario. No hace falta buscar muy profundo. Tenemos muchas historias a la mano que contar y recuerdos que merecen volver a la luz.

Volviendo a la caminata céntrica, de repente paso por un comercio y me topo con Alejandro limpiando un gran ventanal de más de 3 metros de alto. Su pequeña imagen se agiganta y siento que esa es la historia que estoy buscando. Paso de largo y lo dejo laburar. Al rato vuelvo y comienza la charla.

- ¿Naciste en Tandil?, ¿Qué recuerdos tenés del barrio y la infancia?

Sí, soy de acá. Pero siempre fui un poco nómade. De chico vivimos en Mar del Plata por un tiempo y pasamos por varias casas y barrios. La casa que más me acuerdo era cuando vivíamos en el Barrio Golf. De esto hace más de 30 años. Era otro barrio, imagínate. Mis viejos estaban de caseros. Siempre fueron gente de laburo. En la construcción o donde pinte. Pero siempre de laburo. Yo soy la oveja negra de la familia. Pero no, porque no me guste el laburo, sino porque siempre tuve estos berretines de buscar la libertad y hacer lo que me guste. Nací en el año 1976, ya no soy un pibe. Pero sigo igual. Así fue y es mi vida.

Previo a esta vida de bohemia, como yo la llamo, fui a la Escuela Nº8 que está yendo para el Campus y hacía una vida bastante normal.

- ¿A que le llamas bohemia?, ¿de dónde sale esta idea de vivir diferente a la mayoría?

La bohemia le digo a esto de vivir sin importarme la guita o de querer hacer la mía siempre. Esto que te digo de la libertad es así. No me gusta laburar bajo patrón, no me gusta que me tengan cortito. Me gusta andar por la calle y hablar con la gente.

Después de la primaria hice un curso de carpintería en Villa Aldulcín y me fue bien. Al profe le decían "el gordo Bonadeo" y me re bancaba. Cuando terminé el curso me ofrecieron seguir trabajando con ellos. Después trabajé en otra carpintería que estaba en 25 de mayo y 11 de septiembre. Así que fui carpintero por un rato. Pero en seguida me di cuenta que no era lo mío.

Después cambie radicalmente y me fui a trabajar en mecánica, sin saber nada. Pero me enganche rápido, lavaba piezas como loco y tenía que buscar las herramientas. El viejo Allegroni era el mecánico, en calle Sáenz Peña, Villa Italia al fondo.

En mi casa estaba la estructura del laburante, pero yo salí rockero. Mi gente lo sabe. Soy de pura cepa. Con mi viejo tuvimos algunos disgustos, pero hay que entenderlo. No todos podemos ser iguales. Hoy, con 42 años, sigo siendo el mismo loco.

En el taller pasó lo mismo que en la carpintería. No me bancaba estar encerrado y cumpliendo órdenes. Aprendí cosas muy valiosas en cada laburo. Eso no me lo saca nadie. Puedo arreglar la moto, una mesa, lo que sea.  Pero bueno, el encierro no me gusta.

Después de esa experiencia, me sale una changa para vender papas en toda la provincia de Buenos Aires. No se ganaba buena "teca" y seguía siendo un peón, pero por lo menos andaba por todos lados. Me iba un lunes de Tandil y volvía a la semana. Andábamos por todos lados en un Dodge viejo a 70 km por hora. Yo andaba todo el día colgado del estribo ofreciendo "papa buena y barata".  Al principio me reía, que se yo. Me gustaba. Pero como todo, me cansé al toque.

Salí sorteado para la colimba y me quería matar. Yo andaba vestido de rockero como ahora, pero tenía los pelos por la cintura. Incluso estuve en la revisación medica en Azul, ya para ingresar y a los dos día salta el bardo del soldado Carrasco y se frenó todo.

Después, por intermedio de mi tío, empecé en la fábrica Loimar. Era una empresa alucinante. De muchísimos obreros. Turno mañana, tarde y noche. Ganaba muy buena moneda. Tenía de todo. Pero no me gustaba estar así. Encerrado, repitiendo un laburo.

Todo bien con la guita, pero no me gusta. La género y la necesito para vivir en este sistema, pero no me gusta. No le doy bola. Como te fui contando. Siempre tuve laburos y yo andaba bien trabajando, pero hasta cierto punto.

- ¿Cuándo te cae la ficha y tomas la decisión de hacer la tuya?

Eso estuvo desde siempre, pero después de Loimar no tuve más laburos de ese tipo. Tendría menos de 20 años o por ahí. Para ese entonces el rock era todo. Iba a todos los recitales que podía, viajaba, me metía en cualquier historia. No necesitaba mucho para vivir. Vendía huevos por la calle, hacía mandados en la bici. Viajaba mucho. Me la rebuscaba. A veces me cagaba de hambre, pero eran mis elecciones. Siempre buscando la libertad.

- ¿En esa historia aparece la onda de lavar los vidrios?

Fue por ahí, creo que la primera vez lo hice estando en Mar del Plata. Me quedó como el jeite. Cada tanto lo hacía y sacaba unos mangos, pero todavía no como algo fijo.

En una de las tantas vueltas a Tandil conozco al vasco Dartazu, que era el encargado de muchas vidrieras y tenía también las galerías. Le empecé a dar una mano y pegamos buena onda. Yo pasaba por los negocios y levantaba los toldos, estaba pendiente de darle una mano. Él empezó a darme algunas vidrieras para que yo me haga cargo y así se fue armando esta movida. Después se dio todo con el boca en boca y metiendo simpatía.

En todo este tiempo me fui un tiempo a Córdoba y también anduve por Brasil, pero hace más de 20 años que ando en la misma.

Ojo, no es ningún secreto este laburo. Un balde con agua, unas gotitas de detergente para que haga espuma y después tenés que tener cancha para darle con la mano y dejarlo joya. Ahí está el jeite. Es la muñeca en el secador.

Luego, la charla empieza a dispararse por otros lados. Su hija Eluney, que significa "regalo del cielo" en mapuche. Ella fue la única que logró cambiarlo. Él lo reconoce abiertamente. "Es lo más lindo e importante que tengo en mi vida. Si ahora no me rajo más, es por ella. Antes, yo era muy egoísta. Pensaba solo en mí. Pero ahora todo es por ella. Es mi prioridad absoluta. Yo, en casa, no tengo nada, pero a ella no quiero que le falte nada. La guita que gano es para ella y un poco para el rock, porque eso también tira", dice ante el grabador de ElDiarioDeTandil.

Ya no reniega tanto contra Tandil y el "chetaje que te señala con el dedo", los años le dieron otra perspectiva. Ama disfrutar el salir con su hija a los cerros. Subir un árbol o escuchar una canción. "A veces me pongo a mirar para atrás y me gusta la vida que elegí. Ahora tengo el desafío de acompañar a mi hija y estar ahí para lo que me necesite, pero yo me siento realizado. Sueño con una casita en el mar y un perro. Ese será mi retiro. Quiero que la muerte me sorprenda caminando por la calle, conociendo amigos y en absoluta libertad".

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